Para empezar aclaro que no soy un monstruo, y mucho menos un misántropo, pero la verdad es que odio la navidad… odio las reuniones familiares, en las que nadie se quiere pero se dan regalos, besos y cantan juntos. Odio los árboles coloridos con luces y pesebres. Odio los fuegos artificiales, las canciones navideñas y la ensalada rusa.
Si tuviera que darte un “por qué”, diría que es por lo banal y vacía que es la fiesta, desde mi papel de no creyente. Que es porque mi familia es una bola de pelmazos que no pueden hacer ni la “O” con un vaso. Que detesto los ruidos y las luces de colores brillantes. Pero todo eso sería mentira. La verdad es que la odio desde chiquito y por culpa de un viejo. Uno de esos tantos viejos de mierda que no tiene familia, más que un hijo que no lo quiere y una esposa enterrada varios metros bajo tierra, en un cementerio descuidado que nadie visita, y una segunda esposa estéril, de esas que solo responden “sí querido”.
Todo empezó cuando yo era chiquito. Vivía con mi papá, mi mamá, mi hermano Mario y seis perros en un campo en la ruta provincial 2, a las afueras de La Plata. Yo no tenía más de ocho años, le llevaba cuatro años a mi hermano. Nuestro vecino era Don Humberto, ese viejo que te mencioné antes. El tipo tenía de seguro más de setenta años, vivía con la mujer y tenia un caniche y un campo grande de tomates cherry. Cuando te digo “Vecino” me refiero a que su casa quedaba más o menos a unos 300 mts de la mía, en esa época no había tantas casas en la zona, y el señor había construido una casa pegada al límite entre el campo de mi viejo y el suyo, porque, desde que mis padres se mudaron a ese campo, los viejos quisieron estar lo más cerca posible de la “civilización”, si es que una familia de cuatro personas, entre las cuales dos no tiene más de diez años, y seis perros viralata, dos caballos, un par de vacas y un grupo de cuatro o cinco gallinas, cuenta como civilización. Bueno, tal vez el viejo contaba también a las lechugas, la albahaca, las plantas de tomate, los árboles y el trigo, como miembros civilizados de la sociedad. ¿Ya te conté que se sentía solo?.
Resulta que el viejo nació en ese campo, y sacando a su esposa, nadie habitaba cerca de ese lugar... No hasta que mis viejos se mudaron a ese campo. Mi hermano, los perros y yo nacimos ahí, y como el señor y la señora no tenían cerca a su hijo, nosotros éramos sus nietos. Fue entonces que decidió construir una casa más cerca de sus vecinos y abandonar la morada anterior, que destinó como galpón para guardar cueros, huesos, muebles viejos, herramientas rotas y supongo, por el olor que tenía, huevos de gallina que terminaron pudriéndose.
No voy a mentir, yo lo quería al viejo. El me trataba bien, me daba regalos caros en mi cumpleaños, nos invitaba a tomar la merienda todas las tardes y nos dejaba jugar en sus campos, y comer todos los tomates cherry que llegáramos a arrancar de las altas plantas. Era un buen tipo, pero muy solitario, y como noté más entrado en edad, no trataba tan bien a los adultos.
Resulta que un mediodía de verano, mientras mi hermano y yo jugábamos en una pileta baja que mi viejo había puesto la pasada primavera en el patio cerca de la casa de tejas naranjas en la que vivíamos, Don Humberto llamó a mi papá desde el alambrado que separaba los campos, usando un altavoz que había hecho con un cartón, cinta y una espiga de trigo (Nunca entendí qué función cumplía la planta pegada en el extremo opuesto a la boca del viejo, pero estaba ahí, colgando.), para regañarlo porque los perros hacían mucho ruido. Mi papá le dijo al señor que lo disculpara, pero que no podía evitar que los perros ladraran y, si así pudiera, no era más de las doce del mediodía de un sábado, y que los perros estaban al menos a 300mts de su casa, por lo que era realmente difícil imaginar que le molestaba de esto al señor. El viejo y mi viejo se quedaron discutiendo, cada vez más fuerte, más duro y más obsceno, a tal punto que a la distancia se podían escuchar los gritos, por lo que me vi en la tarea de hacer más ruido, cosa de que mi hermano no escuchara las palabrotas.
Al rato, mi viejo volvió a donde estaba la familia y nos dijo que don Humberto ya no era bienvenido en nuestra casa y que no nos acercáramos a la suya nunca más. En esa época no entendí el porqué de todo esto.
En aquel entonces, el viejo Don Humberto no era más que un esqueleto con piel morena reseca y pegada al hueso, los únicos pelos que tenía eran en su espeso bigote y otros tres o cuatro largos que salían de sus orejas. Recuerdo que el viejo se movía sin hacer ruido alguno, lento y sigiloso como un gato acechante, y que en el silencio del campo podías escuchar los alaridos que pegaba si nos acercábamos demasiado al alambrado que dividía los terrenos. Por las noches podíamos verlo mirar hacia nuestra casa desde la ventana sur de la suya, expectante de quién sabe qué cosa, su figura recortada contra la luz tenue y naranja que desprendía una vetusta lámpara de keroseno que envenenaba lentamente el aire que pasaba por su velluda nariz. También había ocasiones en las que el anciano salía a altas horas de la madrugada a caminar sin rumbo por los campos, probablemente borracho, y profería gemidos quejumbrosos cuando se golpeaba con el alambrado si se acercaba demasiado a nuestro terreno. Con mi hermano comenzamos a relacionar al viejo con la figura espectral de un alma en pena que vagaba por los terrenos en busca de perdón.
Pasaron unos tres años, era invierno, de noche, y mi papá, mi hermano y yo llegábamos al campo después de un día de clases y trabajo (papá trabajaba, en ese entonces, en el departamento de intendencia de la gobernación de la provincia de buenos aires, casi no vivíamos de lo que daba el campo, no alcanzaba. Mamá era maestra en una escuela rural y volvía más temprano a la casa). Cuando pasamos con la camioneta por el terreno del viejo vimos que había varios coches de policía, con sus sirenas echando luces y varios canas dando vueltas por el lugar. Y una vez que estuvimos en casa, seguros y con la estufa hogar encendida, mi papá se acercó al lugar para preguntar qué estaba pasando. Resulta que Don Humberto se había volado la cabeza del todo con una escopeta, dejando solo un huesudo cuerpo decapitado decorando el patio de su casa, y de la impresión al encontrarlo, a su mujer, Margarita, le dio un infarto. La vieja, tan difícil de tratar como su esposo, sobrevivió, pero quedó oficialmente loca a partir de esa noche.
No le dimos mayor atención a la señora, ni al hijo oportunista de Don Humberto las muchas veces que quiso echar a la vieja de la propiedad, para poder venderla (el tipo había salido al padre, igual de sorete), ni a las ambulancias que se acercaban seguido a socorrer a Doña Margarita cuando se lastimaba por causa de sus delirios, ni a las muchas empleadas domésticas y enfermeras, que cambiaban cada semana, por motivos que nunca intentamos averiguar.
Así pasaron otros cuatro años. Yo ya era un adolescente, entendía mejor las cosas (o al menos eso creía yo), era autosuficiente, me revelaba contra mis viejos y el sistema, y trataba de evadir a mi hermano que siempre quería que jugara con él a algún juego de nene chiquito que ya no me interesaba. Yo solo quería dormir, vaguear y conseguir los discos más nuevos de los Rolling Stones, salir con mis amigos y enamorar a alguna que otra chica en el boliche los viernes a la noche, luciendo los cuatro pelos que me habían crecido en el pecho, y mi bigote pelusa que era mi orgullo mas grande.
Un viernes por la noche del 22 de diciembre de aquel año, volvimos a ver el contingente de camionetas, sirenas y policías en la casa de Don Humberto, sumado a una ambulancia y el coche del hijo del viejo. Resulta que esta vez era por Doña Margarita, que había aparecido muerta, con la cara, el pecho y las piernas arañadas por lo que parecía haber sido un puma o algo similar, pero, siendo la zona en la que estábamos, era mas difícil creerse eso que la idea de que el fantasma del viejo haya vuelto de sus tres metros de sepultura para atormentar a la anciana, cosa que ella decía ver de vez en cuando. Por las dudas, y por un par de meses, mis viejos no nos dejaron salir solos a mi ni a mi hermano, siempre acompañados por si había un gato salvaje rondando la zona.
Y la vieja no era la única que decía ver fantasmas. Más de una vez mi hermanito habló sobre una silueta humanoide sombría que se movía por los campos en las noches tan habituales donde él no dormía. Decía que algo se subía a nuestro techo a bailar sobre su cuarto, y que de vez en cuando veía la cara del viejo mirándolo desde la ventana, cabeza abajo, mientras le ofrecía la siniestra sonrisa de un lunático. Que él no dormía porque temía que Don Humberto fuera a cruzar la ventana y le hiciera algo si lo agarraba dormido. Que a veces lo veía intentar abrir la ventana, o que le hacía señales para que saliera, tentándolo con frutas de los campos o amenazándolo con un cuchillo.
En mi caso, me hacía el duro para no alterar al pequeño, pero he de confesar que esas cosas me aterraban. Más de una vez escuché los pasos en el techo, vi movimiento entre los pastos y escuché ruiditos de golpeteos en mi ventana, pero siempre me hice el dormido.
Para empeorar sus delirios, Estela, la mujer que ayudaba en las tareas del hogar a mi trabajadora madre, siempre se quejaba de que los galpones del campo vivían desordenados, y nos culpaba a nosotros por desordenarlos en las noches. Que encontraba las bolsas donde se almacenaban los frutos del campo abiertas o rotas, que encontraba restos de comida tiradas en el piso, o que encontraba animales muertos a medio comer mientras rondaba los campos, cosa de la que también se quejaba algunas veces Don Alfredo, el jornalero que ayudaba a cuidar de la tierra.
Con el tiempo, mi hermano comenzó a hablar cada vez menos del fantasma, sea porque dejó de visitarlo, o porque el psicólogo al que lo mandaban mis padres lo convenció de que era su imaginación, pero cada vez dormía menos de noche y muy a menudo, venía en la penumbra buscando que lo deje dormir en mi habitación, porque no le gustaba estar solo. Pobre niño. Si tan solo le hubiéramos dado más credibilidad, tal vez se habría evitado todo lo que pasó después.
Dos años después, era la noche del 24 de diciembre, y en mi casa abundaban las personas y la fiesta. Los cuatro hermanos de mi madre y los dos de mi padre llegaron a festejar la noche buena con sus muchos hijos e hijas. Algunos de mis primos eran bastante mayores, otros bastante menores, pero la mayoría teníamos el mismo rango de edad. Por parte de la familia materna, yo era el mayor, siendo mi prima Micaela quien me seguía, luego Ángel, Marta, mi hermano Mario, María, Sergio y por último Ana, que por ese entonces tenía seis años. Mario y yo siempre decíamos que ella había nacido muy cerca de la muerte del viejo y la molestábamos diciendo que ella trajo la muerte consigo.
Siempre que aquella pandilla se reunía, se vivían las más locas aventuras fantasiosas y las más graciosas catástrofes, sin importar que ente Ana y yo hubiera tanta diferencia de edad. En esos momentos, todos volvíamos a ser niños que eran piratas, soldados, bufones, poetas, músicos de rock, astronautas, o lo que fuera que nuestras fabulosas imaginaciones decidieran fabular.
Mientras nuestros padres se deleitaban con vinos y chacinados, y escuchaban las infinitas historias y anécdotas que la abuela tenía para compartir, Micaela, Mario, Sergio y yo asediamos el castillo del galpón para derrotar al Dragón Marta, al Brujo Ángel, y rescatar a la princesa Ana cautiva en la torre de las herramientas, para luego embarcarnos en una expedición que llevó hasta los confines de la tierra conocida del campo para encontrar el tesoro del pirata Miguel, homónimo del abuelo que todos compartimos. Aquella expedición nos llevó peligrosamente cerca de la terrible casa embrujada del viejo Don Humberto, lugar que hacía que los pelos de Mario y míos se erizaran cual lomo de gato aterrado.
Cuando nos disponíamos a volver hacia donde estaban los adultos, para buscar algún trozo de dulce e hidratarnos, notamos que Ana no nos acompañaba, pero ella era la timonel del Barco-carretilla, y no pudimos llegar hasta allí sin ella. La nueva aventura fue buscar a la intrépida exploradora, y cada uno asumió el rol de un famoso aventurero de la tele, y todo fue risas hasta que Marta notó que su hermanita había entrado a la propiedad abandonada del viejo aterrador.
Por mi terquedad y para mantener la ilusión de que el mayor de los primos tenía todo bajo control, me negué a permitir que Ángel y Micaela fueran a avisarles a los adultos de la situación, ordené que Mario y María fueran a buscar una linterna, y me dispuse a armarme con un trozo de madera que colgaba de la cerca que dividía las casas, para entrar a buscar a la niña. Cuando obtuvimos las lámparas, Micaela y yo entramos a hurtadillas y llenos de pavor a la sombría casa en ruinas, con Ángel y Marta acompañándonos, mientras Mario se quedaba cuidando a Sergio y María, con orden de ir a buscar a mi viejo si no volvíamos pronto o escuchaba algún grito.
El vestíbulo de la casa estaba sucio, lleno de polvo y olía a rancio. La linterna que sostenía Ángel iluminaba tenuemente el paso, y nos dejó ver que algunas huellas relativamente recientes se escabullían por la alfombra de polvo del piso, demasiado grandes para ser de una nena de seis años. “Debe haber venido el hijo de Don Humberto a buscar algo recientemente” me mentí para tratar sin éxito de mantener la calma.
Caminamos lento y con miedo, haciendo el menor ruido posible, con las lámparas temblando en las manos, cuando de golpe escuchamos un gemido apagado, y Ángel soltó un alarido de terror y salió corriendo por la puerta. Seguidamente, Marta lo siguió preocupada, pero Micaela se quedó junto a mí, expectante. Su linterna era la única luz visible, y a modo de broma, ella se la apuntó al mentón, y me dijo “Buuuuh, soy el fantasma del viejo” mientras se agitaba burlonamente. Su voz tuvo un eco decrépito y macabro. Me puse pálido, pues la luz dejó ver el rostro demacrado y fantasmal del anciano tras ella, que me sonreía con la mirada desencajada. Un enorme cuchillo lleno de sangre se manifestó desde las sombras, en dirección a Micaela, pero por la gracia de algún ángel invocado por su danza, ella se resbaló y cayó al piso justo antes de recibir el impacto. En una reacción que no pude explicar en su momento, arrojé mi trozo de madera al fantasma, y en contradicción a lo esperado, el tablón impactó en la frente del viejo, que hizo un ruido seco, dejó caer el puñal, y se desplomó en el suelo, a centímetros de mi prima, que ahora entendía lo cerca que le pasó la parca.
Segundos después, mi padre y mi tío Alejandro, alertados por los heroicos Marta y Ángel, entraron gritando con linternas y uno de los perros de la familia. Nos encontraron a mi paralizado y temblando, a Micaela embobada en una mezcla de miedo y confusión, y a un moribundo Don Humberto con un hematoma sangrante en la frente y una contusión cerebral.
La policía llegó una hora más tarde, junto con dos ambulancias, que se llevó al viejo y a Ana, que había recibido dos puñaladas en la espalda y le había arañado la cara con el cuchillo. Aparentemente, Don Humberto llevaba seis años escondido en su sótano, había fingido su muerte para no pagarle a unos acreedores violentos, luego de haber matado a un mafioso que enviaron a presionarlo, volándole la cabeza con su escopeta. Sobrevivió de lo que pudiera robarse de nuestra granja y de las ratas de la suya, y alertado por el sonido de Ana entrando a su casa, el viejo salió de su escondite para repetir con la niña la matanza que hizo con su esposa unos años atrás, pero que esta vez, por suerte falló. Nosotros pudimos correr el mismo destino, pero esa madera nos salvó la vida.
Unos meses después nos mudamos de la granja. Fuimos a vivir a la ciudad, en una casa frente a la de mi abuela. De vez en cuando vuelvo a la granja a ver que todo siga su curso. Cada vez es más difícil volver. Parece que el golpe que le di al viejo bastó para matarlo definitivamente, y pese a que su hijo intentó levantar cargos, según la policía actué en defensa propia y de mi familia, y era menor de edad, pero como estábamos invadiendo propiedad privada, igual me levantaron una contravención y quedé bajo libertad condicional por alrededor de dos años.
Para mi hermano, al contrario, la vida fue más fácil. Ese día comprobó que nunca estuvo loco ni vio fantasmas, sino que fue víctima del acoso del viejo que lo iba a ver cada noche. Ahora duerme bien por las noches.
Ana quedó con cicatrices en la cara que finalmente el tiempo le ayudó a aceptar.
De más está decir que nunca más pude festejar la navidad en paz.
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