Entre la niebla

Publicado el 10 de marzo de 2026, 3:32



 

 

Lo primero que recuerdo es la espesura de aquella niebla, gris, el único color que alcanzaba a distinguir. Sentía una fuerte presión en el pecho, y se me dificultaba moverme, casi como si aquella cortina nubosa me estuviera sujetando. 

Casi ahogándome, entre la bruma escuche un gemido, como un lamento fúnebre, casi inaudible. Luego, una fuerte sensación de terror se apoderó de mí, al distinguir una curiosa figura alada, entre la niebla, que se acercaba, dejándome notar que era un ángel, uno de piedra, cuya mirada, entristecida, me avisaba de una oscuridad que se avecinaba. A medida que el camino entre mis pies y la estatua se acortaba, el lamento se volvía más sonoro y grave, llegando a imaginar quién era el origen del mismo. 

Acrecentando mi miedo, nuevos aullidos se sumaron a aquel espectral coro, y nuevas figuras comenzaron a rodearme. El terror, o quizás la misma niebla gris, me impedían el movimiento, dejándome desahuciado e indefenso. Los Ángeles que juzgaban mi quietud temblorosa miraban, tristes, algún futuro que estaba pronto a llegar. 

Entre los cantos lúgubres de aquella niebla, logré distinguir una imagen, un fondo gris que dibujaba en negro una silueta conocida, aunque extraña. Era una iglesia, la catedral de la ciudad de La Plata, pero, algo era diferente. No, no era ese el lugar donde estaba...

Ahí entendí, que ese lugar era la plaza frente a la basílica de Luján, una construcción hermana de la antes mencionada catedral. 

Aquel himno acrecentaba a medida que me veía más rodeado, sin embargo, logré escuchar un nuevo sonido, uno que reconocí como un maullido, algo familiar, cercano a mi corazón. El miedo casi desapareció cuando, corriendo hacia mí, vi a Cicerón, mi gato mascota. Me agache a recibir su salto, y note la frialdad mortecina que ahora se hacía de su cuerpo, notando, horrorizado, que su putrefacta merced yacía inmóvil, muerto, en mis grises y angustiadas manos. 

La turba angelical comenzó a gritar más fuerte y a cerrarse el círculo que me tomaba como rehén. Casi ensordecido,  pude ver mi inmóvil cuerpo, gris, entre la niebla, aturdido por el terror, desde el aire, por un breve instante, hasta caer en la idea de que el infierno había reclamado mi alma luego de haber muerto.

Luego de un rato inmóvil, el coro angelical abrió un pasillo, al igual que la niebla, que me permitió una imagen del horizonte, donde por fin distinguí al sol, en una colina, sobre la cual había un colorido árbol gris, y apoyada sobre él, la silueta de un hombre erguido, quien miraba con penetrantes ojos blancos hacia mi, transmitiendo una paz antigua a mi frágil cuerpo, y permitiéndome despertar de esa oscura pesadilla.

Me incorporé sobre la cama, abracé a Cicerón, y le agradecí por nunca haberme dejado solo. El animal me miró, bostezo, y me dijo que no me preocupara, que todavía estaba soñando.


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